En mi casa las mañanas siempre fueron muy ruidosas. Soy la séptima hija de trece, así que a mis 4 años me despertaba escuchando a mis hermanos mayores preparándose para ir a la escuela (los más grandes a la prepa, los medianos a la secundaria y los chicos a la primaria) Yo me preparaba para ir al kinder y cuando estaba lista mi mamá me hacía tomar un licuado de granola que odiaba pero que ahora me gusta mucho. Después me subía junto con 4 de mis hermanos al auto y mi papá nos llevaba a la escuela.
Estudiaba en el Colegio Civilización, que quedaba como a 40 minutos de mi casa, cerca de Polanco, en la ciudad de México. Era un colegio dirigido por religiosas Salesianas, en un edificio antiguo del que las mayores contaban historias macabras que yo creía sorprendida y que me hacían ver con desconfianza la puerta del sótano, lo salones al final del pasillo que permanecían permanentemente cerrados y las escalera solitaria que llevaba a la capilla.
Cuando entré a Primaria me cambiaron al Instituto Renacimiento, dirigido por sacerdotes, también salesianos pero mucho más cerca de mi casa, como a 15 minutos en auto. Lo que mejor recuerdo de mi primaria fue que adquirí el desinteresado gusto por la lectura cuando en 2º grado empecé a leer a Julio Verne. Podría decir que al salir de la Primaria ya sentía dentro de mí el deseo de ser maestra.
La secundaria la hice en la misma escuela. La recuerdo principalmente como una etapa divertida, en mi cajita de cosas especiales hay algunas que pertenecen esos tiempos: los tickets de cine de mis primeras citas, el CD autografiado por Javier Blake, la foto abrazando a Erick y mi primer extraordinario novio.
Mientras yo estudiaba ahí, mi hermana (dos años menor que yo) que siempre había estado en colegios particulares fue expulsada de dos, así que después de mucho buscar mi mamá terminó por inscribirla en una escuela oficial ubicada en un barrio conflictivo de la ciudad. Conocer ese ambiente lleno de pobreza y en donde casi no había educación me hizo convencerme de que quería ser maestra.
Siempre quise estudiar en la prepa de la UNAM, aunque sabía que el examen de selección es muy difícil (aproximadamente de cada 55 aspirantes sólo UNO queda) y aunque nunca fui una excelente alumna sí me consideraba inteligente así que presente el examen y me quedé en mi primera opción.
Y fue así como entré al turno vespertino de la Escuela Nacional Preparatoria plantel no. 9 ubicada sobre la Avenida Insurgentes (una de las más grandes e importantes de la ciudad de México). Todo en esa escuela me gustaba: las clases de natación en las tardes calurosas, las estrellas que podía ver desde la ventana del salón de Mate, el taller de teatro, las canchas en las que nunca practiqué ningún deporte pero que ofrecían una excelente vista para las chicas, los miradores en los que pasaba la mayor parte del tiempo, el billar que quedaba a 2 minutos, los ensayos de la banda de mis mejores amigos (que hacían en los salones vacíos, con guitarras eléctricas y amplificadores portátiles)... Y así fue como, al terminar el primer año, sin saber cómo ni por qué había reprobado 8 de 12 materias. Presenté los respectivos extraordinarios y aprobé 4 materias más. Sin embargo no podía inscribirme al siguiente año así que recursé las 4 materias que me faltaban, lo cual me pareció bien porque, con sólo 4 clases. me quedaba mucho tiempo para relajarme. En ese tiempo no medía muy bien las consecuencias pero ahora pienso que fue un error desperdiciar el tiempo.
Al terminar el 2º año analicé mi situación y decidí dejar la prepa 9 y entrar a una escuela particular. Así que entré al Colegio Maria Curie, en donde conocí muy buenos maestros y aprendí mejor que en ninguna de mis anteriores escuelas.
Al terminar el curso, una serie de tristes acontecimientos llevó a mis padres a cambiarse de ciudad. Se mudaron a Guanajuato y yo, después de resistirme un par de meses, me mudé también. Al llegar me inscribí en el Instituto Euroamericano pero mi situación emocional y la depresión en que caí hicieron que antes de que pasará un mes dejara la escuela.
Dejé pasar un par de meses más y me inscribí a la prepa abierta. Estudiaba por mi cuenta y como no me gustaba (¿gusta?) mi nueva ciudad aprovechaba para recorrer el país... viví un tiempo en Monterrey, Querétaro, Pachuca y con frecuencia volvía al D.F.
Terminé como en 4 meses lo que me faltaba de prepa, justo para empezar el trámite de inscripción en la Normal Superior de México, pero no me aceptaron debido a mi bajo promedio (7.2) Y así fue como finalmente entré a la ENSOG.
Quisiera terminar esta licenciatura y poder dar clases en secundarias “conflictivas”. Pienso que si los jóvenes no logran un verdadera educación no podrán salir de sus situaciones difíciles. Me gustaría poder ayudarlos a descubir las historias que tienen dentro y que podrían contar a través de la escritura y, por supuesto me gustaría ayudarlos a descubrir la magia de los libros.
Desde que iba en prepa nació en mí la idea de estudiar Letras Modernas (Inglesas) y aún tengo la esperanza de poder hacerlo algún día. He estado preparando todo para poder cambiarme el próximo semestre a la Normal del D.F. y tratar de entrar a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.
Laura además de ser adicta a los libros, es adicta al cine.
Le gusta mirar las situaciones desde diferentes ópticas, complejizarla, descubrirlas... ir tras ellas y alcanzarlas.
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