Aquí andamos...

Los textos aquí presentes son de los estudiantes de la Escuela Normal Superior Oficial de Guanajuato... algunos son creaciones de la asignatura de Estrategias para el Estudio y la Comunicación y otros... en esos ratos en los que se entrecierran los ojos y te evades ligeramente de la realidad.

viernes, 9 de agosto de 2013

AÑORANZAS

Son  las diez de la mañana. El sol quema y hace reverberar el piso. Es algo mágico; es algo que emborracha. En el patio dos gallinas. Las gallinas ponen huevos y los huevos de gallina de rancho sí nutren. Eso decía mi abuela. “Dale a tu marido uno de estos cada día y verás cómo se le quita ese dolor de cabeza…es pura debilidad”. Mi papá siempre tenía un dolor de cabeza que lo hacía llorar. El decía que se iba a morir.  Cuando me cuenta sus historias a mí también me da por llorar. A veces se pasaba dos días sin comer. Uno lo ocupaba en ir a traer leña al cerro y el otro lo ocupaba en llevarla a vender a la ciudad. Hasta entonces podía comer…si es que no necesitaba alguna herramienta o utensilio para sus labores del campo, en cuyo caso tenía que esperar a un viaje más al cerro. De allí le devino ese sempiterno dolor de cabeza. Hoy ya no le duele más…gracias a los huevos de gallina de rancho que tiempo atrás la abuela le mandaba por medio de mi madre. Bendita sea la abuela donde quiera que se encuentre.
Yo se que se fue al cielo. Ella siempre fue buena con nosotros. No sé si todas las abuelas sean así, pero ella siempre que podía nos hacía cariños y nos cargaba en su regazo. El regazo de la abuela era tibio y acogedor. El de mi madre no lo recuerdo…casi siempre se la pasaba lavando o cocinando para los demás. Yo a veces le ayudaba a lavar; me ponía una laja a un lado suyo y me decía “talla fuerte…tal vez algún día te sirva aprender esto” Cuánta razón tenía. A lo mejor por eso es que no recuerdo su regazo. No importa yo se que ella nos quiere mucho. También aprendí otras cosas igual de buenas e importantes en la vida. Por ejemplo a sobrevivir un día con una sola comida. A veces ella tenía que dejar la comida a otros y esperar a ver si sobraba algo…nosotros compartíamos su penar. Un día ellos se fueron.
Cuando la abuela vino con nosotros fue casi al final de su vida. Un día amaneció enferma y ya no se pudo parar. Ella miraba fijamente una imagen sagrada…no recuerdo de quien, y movía sus labios. Rezaba. Mucha gente rezaba. Dicen que le ayudaban a “bien morir”. Tenía 80 años. Aunque era una buena persona a muchos les pidió perdón. Esa es una buena idea. Pero yo pienso que no se necesita estar a punto de morir para ponerse en paz con la vida y con Dios. Perdonar y ser perdonado es bueno para todos en cualquier momento. Nos ayuda a vivir en paz con los que nos rodean. A estar bien con la gente. A un mejor mundo. A una mejor vida. A un mejor descanso.  Yo le digo a mi mamá que ya les perdone a ellos todo lo que le hayan hecho sufrir. Ella dice que sí. Yo creo que así es. Ella no se ve que sufra mucho por esos recuerdos.
Francisca era su nombre. Me recuerda a aquella vieja que escapaba de la muerte por tener siempre algo que hacer. “La pereza es la madre de todos los atrasos”, decía. Y se la pasaba de acá para allá, todo el día trajinando. Ocupada. Esa fue una de las lecciones más grandes que nos heredó. Hoy por hoy no se concibe una persona que pueda existir sin tener una meta en mente, un objetivo que cumplir, una cosa que hacer, un libro que leer, un recuerdo que escribir.
El calor se acentúa. Las gallinas ya no hacen sombra. El sol quema. Cualquiera busca un refugio. Unos se arrastran. Otros corren. Bajo un maguey, bajo un árbol, bajo un arbusto. Es imprescindible. Agua. Dónde hay agua. En el pozo. Por estos rumbos no es fácil encontrar agua. Un pequeño manantial nos brinda socorro. A veces como que se seca. Dicen que las envidias provocan su desaparición. Son sentimientos feos. Yo a veces siento envidia de los demás; muchos lo tienen todo. Nosotros no tenemos nada…pero sueño.
Los sueños son el principio de todo. Sueño que un día nada faltará en nuestra casa: ni la  felicidad. Un día todo será mejor. La vida no puede ser injusta. Si ya estamos aquí no puede ser para siempre sufrir.
Por fin el sol se ha metido. Mi madre me llama a comer. Es el principio de todo. Por fin ellos se han ido y la felicidad empieza a llegar. Por lo menos hay para comer. Me siento frente a un taburete, en uno de los bancos que mi padre ha hecho. No hay mesa, pero hay para comer. No hay silla…solo aquel entramado de tablas que el ingenio de mi padre ha creado para sentarse. No es un trono, pero es cómodo. El sonríe, sabe que en mi hay una esperanza. Quizá porque soy el más pequeño y cree en mi…pero sobre todo cree en Dios. Ora. Es el principio de todo. Antes de que uno naciera El estaba aquí. Por eso espera mucho más de la vida, porque trabaja con mucho ahínco.

La vida empieza a ser mejor. Yo digo que pronto será excelente.

Este cuento fue escrito por Marisol Padierna, Docente de Telesecundaria




jueves, 19 de enero de 2012

Las escaleras

De vergüenza en vergüenza

 ¡Hoy me di un santo rodillazo! Que yo no sé qué tiene de santo, pero así dicen en mi rancho. Llegué corriendo a la escuela secundaria, pues el tiempo es implacable y en un momento y otro se llegaba la hora de observar la clase de Aby. 

        Como en Guanajuato casi todas las escuelas están en los cerros, casi todas tienen escaleras… A pesar de estar en el límite de tiempo, en lugar de 10 minutos antes, llegué muy digna, apenas unos cuantos minutos antes de que comenzara la clase. Cuando alcanzaba al último escalón por error metí el zapato en la campana del pantalón y lentamente caí de rodillas. Lo primero que hice, con un reflejo que me sorprendió a  mis 49 años, fue voltear a ver quién me había visto. Al levantar la mirada... toda la chiquillada que había llegado tarde estaba ahí, amonada en las escaleras. La persona encargada de la puerta, me dijo: ¡Ay, señora! ¿Se lástimo? Y sólo acerté a contestar: no, sólo me caí.

Pensé que lo mejor era que los chicos, quienes tenían una cara de pena porque estaban detenidos por haber llegado tarde, ni caso me habían hecho. Entonces me senté en el escalón, saqué mi pomadita y me la unté rápidamente en la rodilla derecha. Me sacudí el pantalón y en un dos por tres ya estaba subiendo el siguiente tramo de escalones muy ufana por llegar a observar la clase. Y en eso qué oigo una voz detrás de mi: "se vio chida la ruca". 

Hasta olvidé el dolor del golpe, al tiempo que sentía cómo el color subía por mi rostro y me dije: ¡Ay! Cómo duele el orgullo.


La visita a la Secundaria Victoria
La siguiente parada...

Terminó la clase de Aby y llegué a la clase de Jess, que iniciaba a las 10:45, después del receso. En esta ocasión sí llegué 10 minutos antes para observar con tristeza como Las batallas del desierto pasaban de pie en pie ¿o de pata en pata?... hasta que recogí el libro y por más que lo sacudí no podía quitarle las huellas de la ignorancia, el desamor a la lectura y lo maltrecho de sus hojas. 

Dieron el toque y los chiquillos de 1o. "E" seguían  en su afán de mostrar su fuerza bruta, aventándose unos contra otros para ver "quién aguantaba más". Las niñas comenzaron a entrar al salón. De la tutora y practicante ni sus luces y los chiquillos con su voz de tenores, contratenores, barítonos y bajos a todo lo que daba... hasta que llegó el director. Pasó junto de mi y me miró directo a los ojos. Me sentí pequeñita y la puerta del salón  de 1o. "E" parecía como si  me succionará. El director caminó gritando a los niños: "A ver señores, a ver. Ya métanse a sus salones." La mayoría de los jóvenes hicieron lo que se les indicaba. Mientras el 1o. "E" continuaba como en una jaula de cotorros. 

Lentamente regresó el director hasta el lugar donde estaba parada -a un lado de la puerta- y me miró sostenidamente esperando una respuesta a la pregunta no formulada. No, no lo pude evitar e inmediatamente me metía al salón y dije: 
- Hey you guys, let´s sing a song! And started: Head, shoulders, knees and toes, knees a toes.  

Los chiquillos que ya tenían como 10 minutos sin hacer nada comenzaron a realizar los movimientos sin entender lo que decían... He de confesar que aunque sé  un "más que menos" de inglés, me aterra hablarlo.

Como una hora después... llegó la tutora y corriendo tras de ella la practicante quienes se hicieron cargo del grupo, y les agradecí infinitamente su presencia, claro en mi pensamiento; pues mi mente no lograba avanzar de ese estribillo y los chicos ya se estaban cansando. De haber seguido así habrían sucedido dos cosas: 
1. O los chicos aprendían, finalmente, el estribillo. 
2. El salón se volvería a convertir en la jaula de cotorros mientras mi mente discurría otra acción. 

Al término de la clase fui por mi oficio de comisión a la dirección. Generalmente el director está ocupado y no tiene tiempo para socializar... sin embargo ese día estaba afuera de su oficina -como esperándome-. Le saludé y agradecí la oportunidad de que los chicos contaran con un espacio para realizar sus jornadas de práctica. Y el sólo sonrío mirándome fijamente a los ojos. 
No pude evitar leer en ellos un jejejeje... "¿no que no tronabas pistolita?"


  
La Escuela No. 4. Tercera parada...


miércoles, 30 de noviembre de 2011

De cómo Don Quijote llegó a San Diego y de las cosas que vivió al llegar.




Después de una de sus muchas aventuras, lo mismo con ovejas, que con molinos, o con presos y carceleros, Don Quijote se vio envuelto en una de las cosas que más temor le causaban: los famosos encantamientos de las malvadas hechiceras del orbe.

Después de salvar a una hermosa dama de las garras de un maleante, éste por medio de una alianza diabólica le lanzó un conjuro y lo envió a tierras lejanas. Quiso la buena suerte de tan gentil caballero que las líneas del misterio se enlazaran con los caminos de Guanajuato. De tal manera que, con un estruendo pavoroso y en medio de una gran polvareda, el enjuto y valiente hombre vino a dar a San Diego de la Unión. Como el aterrizaje no estaba en el plan del encantador, el buen señor dio con toda su humanidad en el duro piso de la plaza principal. Como pudo se levantó y fue a dar con los huesos doloridos hasta la iglesia de San Diego de Alcalá.

El señor cura de nombre…, bondadoso y magnánimo, como suelen ser los hombres de su condición, al ver aquel ser maltrecho y desvalido, se apresuró a brindarle ayuda, no sin antes esquivar ágilmente un accidental golpe que nuestro personaje, en su andar inseguro|, por poco le acierta en la cabeza.

No sin dificultad le despoja de la vieja y oxidada armadura y le acomoda en una de las bancas de la iglesia. Presto manda a una de las “siempre atentas” miembros de su feligresía por un ungüento para curar todo tipo de maltrecheses y magulladuras. “No…”, le replica el gentilhombre, “…que en mi alforja de mi fiel corcel tengo el mejor de todos los que hay en el mundo y sus alrededores, hállase dentro y es mi deseo mesmamente que enseguidas vaya esta bella dama por él…”  Dado el lamentable estado del Quijote, no pudo más que sentir lástima y se apresuro a ir por la botella del citado y milagroso ungüento, que no era más que agua mezclada con sal, pero dada la locura de aquel ser, le parecía no solo antibiótico, sino antiinflamatorio y antipirético.

Con un emplaste por cura salió luego de la parroquia y se encaminó hacia donde con seguridad le esperaban mayores aventuras y desagravios de indefensos y menesterosos…

Aciertan a pasar por allí un grupo de mozalbetes, inquietos y traviesos como solo ellos pueden ser, que llevaban en ristre a un pobre perro que en la calle se encontraron, con un varejón, cuya punta afilada lastimaba el trasero del pobre animal que aullaba lastimeramente.

“Alto en nombre de la más bella dama que en el universo existe, la dulce y tierna mujer que mis sueños ocupa y mis ratos de ocio también aligera, de aquella por quien mi corazón palpita y sufre…etc.” “Dejad al pobre animal que en esto de pelear solo lo hace por defender su territorio y sus crías…” Y combinando decires con haceres se avalanzó contra los chamacos lanza en ristre. Los chiquillos al ver tal se asustaron y corrieron a esconderse los unos dentro de la iglesia, otros atrás de las plantas, quien dentro del edificio de la presidencia…

Al ver aquello, el de la Triste Figura decidió descansar y fue a sentarse en una de las bancas del jardín. Lanzaba grandes y nostálgicos suspiros…quien sabe si por la dama de sus penares o por estar lejos de su tierra y de su patria.

Al rato se juntaron los chiquillos y decidieron tornar a la bola anterior para tomar venganza. Se parapetaron atrás del kiosco, no sin antes juntar puñados de piedras para lanzar sobre la humanidad de aquel que les había propinado tal susto. En esas estaban a punto de lanzar la primera piedra, cuando de la nada les cayó encima un personaje gordo y más bien corto de estatura, cuya suerte fue mejor que la de su amo,  pues quiso la buena fortuna que su aterrizaje fuese más cómodo. Los muchachos ahora sí se desperdigaron por las semioscuras callejas del pueblo.

Era la hora del crepúsculo. Las líneas doradas del sol adornaban el cielo en un atardecer romántico, cuando Don Quijote y su fiel escudero cayeron en tierras sandieguenses, donde pasarían muchas y variadas aventuras…de las cuales se dará cuenta en capítulos subsecuentes.



Este cuento fue escrito por el Mtro. J. Lourdes Méndez Tovar, a quien cariñosamente llamamos Lulú. Incansable maestro que labora en la supervisión de telesecundaria de San Diego de la Unión, Gto. Además de las matemáticas disfruta de escribir, de aprender constantemente y de promover que su zona sea una zona que ofrezca diferentes oportunidades a sus estudiantes y docentes. Cree vehementemente que si los docentes están mejor preparados la educación será mejor. 

lunes, 21 de noviembre de 2011

LOS RECUERDOS QUEDAN…. Y la vida sigue




Son  las diez de la mañana. Quema y hace brillar el piso, el sol es  mágico; es algo que emborracha. En el patio dos gallinas. Las gallinas ponen huevos y los huevos de gallina de rancho sí nutren. Eso decía mi abuela. “Dale a tu marido uno de estos cada día y verás cómo se le quita ese dolor de cabeza…es pura debilidad”. Mi papá siempre tenía un dolor de cabeza, son una punzadas tan fuertes que te dan en el cerebro, que lo hacía llorar. El decía que se iba a morir. Cuando me cuenta sus historias a mí también me da por llorar. A veces se pasaba dos días sin comer. Uno lo ocupaba en ir a traer leña al cerro, es un lugar solo y seco, y el otro día lo ocupaba en llevarla a vender a la ciudad. Hasta entonces podía comer… si es que no necesitaba alguna herramienta o utensilio para sus labores del campo, en cuyo caso tenía que esperar a un viaje más al cerro. De allí le devino ese sempiterno dolor de cabeza. Hoy ya no le duele más… gracias a los huevos de gallina de rancho que tiempo atrás la abuela le mandaba por medio de mi madre. Bendita sea la abuela donde quiera que se encuentre.
Yo sé que se fue al cielo. Ella siempre fue buena con nosotros. No sé si todas las abuelas sean así, pero ella siempre que podía nos hacía cariños y nos cargaba en su regazo. El regazo de la abuela era tibio y acogedor. El de mi madre no lo recuerdo… casi siempre se la pasaba lavando o cocinando para los demás. Yo a veces le ayudaba a lavar; me ponía una laja a un lado suyo y me decía “talla fuerte… tal vez algún día te sirva aprender esto” Cuánta razón tenía. A lo mejor por eso es que no recuerdo su regazo. No importa yo sé que ella nos quiere mucho. También aprendí otras cosas igual de buenas e importantes en la vida. Por ejemplo a sobrevivir un día con una sola comida, sientes un hueco en el estómago. A veces ella tenía que dejar la comida a otros y esperar a ver si sobraba algo… nosotros compartíamos su penar. Un día ellos se fueron.
Cuando la abuela vino con nosotros fue casi al final de su vida. Un día amaneció enferma y ya no se pudo parar. Ella miraba fijamente una imagen sagrada… no recuerdo de quien, y movía sus labios. Rezaba. Mucha gente rezaba. Dicen que le ayudaban a “bien morir”. Tenía 80 años. Aunque era una buena persona a muchos les pidió perdón. Esa es una buena idea. Pero yo pienso que no se necesita estar a punto de morir para ponerse en paz con la vida y con Dios. Perdonar y ser perdonado es bueno para todos en cualquier momento. Nos ayuda a vivir en paz con los que nos rodean. A estar bien con la gente. A un mejor mundo. A una mejor vida. A un mejor descanso.  Yo le digo a mi mamá que ya los perdone a ellos todo lo que le hayan hecho sufrir. Ella dice que sí. Yo creo que así es. Ella no se ve que sufra mucho por esos recuerdos.
Francisca era su nombre. Me recuerda a aquella vieja que escapaba de la muerte por tener siempre algo que hacer. “La pereza es la madre de todos los atrasos”, decía. Y se la pasaba de acá para allá, todo el día trajinando. Ocupada. Esa fue una de las lecciones más grandes que nos heredó. Hoy por hoy no se concibe una persona que pueda existir sin tener una meta en mente, un objetivo que cumplir, una cosa que hacer, un libro que leer, un recuerdo que escribir.
El calor se acentúa. Las gallinas ya no hacen sombra. El sol quema. Cualquiera busca un refugio. Unos se arrastran. Otros corren. Bajo un maguey, bajo un árbol, bajo un arbusto. Es imprescindible. Agua. Dónde hay agua. En el pozo. Por estos rumbos no es fácil encontrar agua. Un pequeño manantial nos brinda socorro. A veces como que se seca. Dicen que las envidias provocan su desaparición. Son sentimientos feos. Yo a veces siento envidia de los demás; muchos lo tienen todo. Nosotros no tenemos nada… pero sueño.
Los sueños son el principio de todo. Sueño que un día nada faltará en nuestra casa: ni la  felicidad. Un día todo será mejor. La vida no puede ser injusta. Si ya estamos aquí no puede ser para siempre sufrir.
Por fin el sol se ha metido. Mi madre me llama a comer. Es el principio de todo. Por fin ellos se han ido y la felicidad empieza a llegar. Por lo menos hay para comer. Me siento frente a un taburete, en uno de los bancos que mi padre ha hecho. No hay mesa, pero hay para comer. No hay silla… solo aquel entramado de tablas que el ingenio de mi padre ha creado para sentarse. No es un trono, pero es cómodo. Sonríe, sabe que en mi hay una esperanza. Quizá porque soy el más pequeño y cree en mi…pero sobre todo cree en Dios su Dios. Ora. Es el principio de todo. Antes de que uno naciera El estaba aquí. Por eso espera mucho más de la vida, porque trabaja con mucho ahínco.
La vida empieza a ser mejor. Yo digo que pronto será excelente.




Marisol Padierna Arellano es profesora de Telesecundaria en el Municipio de San Diego de la Unión, Gto. Se ha distinguido por su espíritu libre y emprendedor. Reconoce que sus únicos límites los pone ella misma. Siempre ha buscado la mejor manera de aprender para enseñar. 

LA NOCHE DEL ÁRBOL TRISTE

Estoy aquí sin esperar ya nada porque sé que si hoy llegara a estar en ella sería por algo así como allanamiento de morada. Hay estrellas en el cielo, pero no me dicen nada, no me invitan a soñar, ni siquiera puedo verlas, porque estoy rodeado de oscuridad.
Árbol de mi infancia. De tiempos remotos, cuando el futuro se dibujaba con crayolas. Cuéntame un cuento que dure miles de horas. Háblame de cosas inverosímiles que suceden en el mundo en que resides. Recuerdo tus palabras silenciosas, eran hojas. Cuéntame una historia en que estoy habitando en ella. No lloro árbol, sé que no volverá. No espero que lo haga. Después de mi invierno ya no hay primavera que le siga. Pero quiero que me digas mentirosas palabras, para creerlas por un rato y luego olvidarlas.
Platícame lo que ha ocurrido con los hombres: ¿Qué te dicen?, ¿ella los trata bien?, O los hace renegar de sus caprichos y azares, como en algunas ocasiones yo lo hice. Mi recuerdo, ¿les hace derramar lágrimas o los pone felices?
Árbol, ¿estás triste?, ¿cómo?, si siempre fuiste fuerte. Lloras porque crees que he caído en desgracia y eso te duele. Descuida, a todos nos pasa, tarde o temprano uno se muere. Hoy te hablo porque sé que puedes escucharme, por eso te pido que me cuentes la historia en que estoy habitando una vida que termina hasta que los que te amaban te olvidan.
 Estoy aquí, junto a tus raíces, viviendo sin minutos, días, ni meses. He vuelto a ser el que era antes, en un tiempo previo a mi infancia cuando te conocí. He vuelto a ser el mismo, pues polvo fui.



EduardoFLORES es alumno de la Licenciatura en Educación Secundaria con especialidad en Español. Se inició como profesor cuando fue instructor comunitario de CONAFE, lo que amplió su sensibilidad al contexto educativo y humano. Le gusta escribir sin ton ni son... tiene varios cuentos con temáticas diferentes

Algo de Laura...

En mi casa las mañanas siempre fueron muy ruidosas. Soy la séptima hija de trece, así que a mis 4 años me despertaba escuchando a mis hermanos mayores preparándose para ir a  la escuela (los más grandes a la prepa, los medianos a la secundaria y los chicos a la primaria) Yo me preparaba para ir al kinder y cuando estaba lista mi mamá me hacía tomar un licuado de granola que odiaba pero que ahora me gusta mucho. Después me subía junto con 4 de mis hermanos al auto y mi papá nos llevaba a la escuela.

Estudiaba en el Colegio Civilización, que quedaba como a 40 minutos de mi casa, cerca de Polanco, en la ciudad de México. Era un colegio dirigido por religiosas Salesianas, en un edificio antiguo del  que las mayores contaban historias macabras que yo creía sorprendida y que me hacían ver con desconfianza la puerta del sótano, lo salones al final del pasillo que permanecían permanentemente cerrados y las escalera solitaria que llevaba a la capilla.

Cuando entré a Primaria me cambiaron al Instituto Renacimiento, dirigido por sacerdotes, también salesianos pero mucho más cerca de mi casa, como a 15 minutos en auto. Lo que mejor recuerdo de mi primaria fue  que adquirí el desinteresado gusto por la lectura cuando en 2º grado empecé a leer a Julio Verne. Podría decir que al salir de la Primaria ya sentía dentro de mí el deseo de ser maestra.

La secundaria la hice en la misma escuela. La recuerdo principalmente como una etapa divertida, en mi cajita de cosas especiales hay algunas que pertenecen esos tiempos: los tickets de cine de mis primeras citas, el CD autografiado por Javier Blake, la foto abrazando a Erick y mi primer extraordinario novio.

Mientras yo estudiaba ahí,  mi hermana (dos años menor que yo) que siempre había estado en colegios particulares fue expulsada de dos, así que después de mucho buscar mi mamá terminó por inscribirla en una escuela oficial ubicada en un barrio conflictivo de la ciudad. Conocer ese ambiente lleno de pobreza y en donde casi no había educación me hizo convencerme de que quería ser maestra.

Siempre quise estudiar en la prepa de la UNAM, aunque sabía que el examen de selección es muy difícil (aproximadamente de cada 55 aspirantes sólo UNO queda) y aunque nunca fui una excelente alumna sí me consideraba inteligente así que presente el examen y me quedé en mi primera opción.

Y fue así como entré al turno vespertino de la Escuela Nacional Preparatoria plantel no. 9 ubicada sobre la Avenida Insurgentes (una de las más grandes e importantes de la ciudad de México). Todo en esa escuela me gustaba: las clases de natación en las tardes calurosas, las estrellas que podía ver desde la ventana del salón de Mate, el taller de teatro, las canchas en las que nunca practiqué ningún deporte pero que ofrecían una excelente vista para las chicas, los miradores en los que pasaba la mayor parte del tiempo, el billar que quedaba a 2 minutos, los ensayos de la banda de mis mejores amigos (que hacían en los salones vacíos, con guitarras eléctricas y amplificadores portátiles)... Y así fue como, al terminar el primer año, sin saber cómo ni por qué había reprobado 8 de 12 materias. Presenté los respectivos extraordinarios y aprobé 4 materias más. Sin embargo no podía inscribirme al siguiente año así que recursé las 4 materias que me faltaban, lo cual me pareció bien porque, con sólo 4 clases. me quedaba mucho tiempo para relajarme. En ese tiempo no medía muy bien las consecuencias pero ahora pienso que fue un error desperdiciar el tiempo.

Al terminar el 2º año analicé mi situación y decidí dejar la prepa 9 y entrar a una escuela particular. Así que entré al Colegio Maria Curie, en donde conocí muy buenos maestros y aprendí mejor que en ninguna de mis anteriores escuelas.

Al terminar el curso, una serie de tristes acontecimientos llevó a mis padres a cambiarse de ciudad. Se mudaron a Guanajuato y yo, después de resistirme un par de meses, me mudé también. Al llegar me inscribí en el Instituto Euroamericano pero mi situación emocional y la depresión en que caí hicieron que antes de que pasará un mes dejara la escuela.

Dejé pasar un par de meses más y me inscribí a la prepa abierta. Estudiaba por mi cuenta y como no me gustaba (¿gusta?) mi nueva ciudad aprovechaba para recorrer el país... viví un tiempo en Monterrey, Querétaro, Pachuca y con frecuencia volvía al D.F.

Terminé como en 4 meses lo que me faltaba de prepa, justo para empezar el trámite de inscripción en la Normal Superior de México, pero no me aceptaron debido a mi bajo promedio (7.2) Y así fue como finalmente entré a la ENSOG.

Quisiera terminar esta licenciatura y poder dar clases en secundarias “conflictivas”. Pienso que si los jóvenes no logran un verdadera educación no podrán salir de sus situaciones difíciles. Me gustaría poder ayudarlos a descubir las historias que tienen dentro y que podrían contar a través de la escritura  y, por supuesto me gustaría ayudarlos a descubrir la magia de los libros.

Desde que iba en prepa nació en mí la idea de estudiar Letras Modernas (Inglesas) y aún tengo la esperanza de poder hacerlo algún día. He estado preparando todo para poder cambiarme el próximo semestre a la Normal del D.F. y tratar de entrar a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

Laura además de ser adicta a los libros, es adicta al cine. 
Le gusta mirar las situaciones desde diferentes ópticas, complejizarla, descubrirlas... ir tras ellas y alcanzarlas.