AÑORANZAS
Son las diez de la mañana. El sol quema y hace
reverberar el piso. Es algo mágico; es algo que emborracha. En el patio dos
gallinas. Las gallinas ponen huevos y los huevos de gallina de rancho sí
nutren. Eso decía mi abuela. “Dale a tu marido uno de estos cada día y verás
cómo se le quita ese dolor de cabeza…es pura debilidad”. Mi papá siempre tenía
un dolor de cabeza que lo hacía llorar. El decía que se iba a morir. Cuando me cuenta sus historias a mí también
me da por llorar. A veces se pasaba dos días sin comer. Uno lo ocupaba en ir a
traer leña al cerro y el otro lo ocupaba en llevarla a vender a la ciudad.
Hasta entonces podía comer…si es que no necesitaba alguna herramienta o
utensilio para sus labores del campo, en cuyo caso tenía que esperar a un viaje
más al cerro. De allí le devino ese sempiterno dolor de cabeza. Hoy ya no le
duele más…gracias a los huevos de gallina de rancho que tiempo atrás la abuela
le mandaba por medio de mi madre. Bendita sea la abuela donde quiera que se
encuentre.
Yo se que se fue al cielo.
Ella siempre fue buena con nosotros. No sé si todas las abuelas sean así, pero
ella siempre que podía nos hacía cariños y nos cargaba en su regazo. El regazo
de la abuela era tibio y acogedor. El de mi madre no lo recuerdo…casi siempre
se la pasaba lavando o cocinando para los demás. Yo a veces le ayudaba a lavar;
me ponía una laja a un lado suyo y me decía “talla fuerte…tal vez algún día te
sirva aprender esto” Cuánta razón tenía. A lo mejor por eso es que no recuerdo
su regazo. No importa yo se que ella nos quiere mucho. También aprendí otras
cosas igual de buenas e importantes en la vida. Por ejemplo a sobrevivir un día
con una sola comida. A veces ella tenía que dejar la comida a otros y esperar a
ver si sobraba algo…nosotros compartíamos su penar. Un día ellos se fueron.
Cuando la abuela vino con
nosotros fue casi al final de su vida. Un día amaneció enferma y ya no se pudo
parar. Ella miraba fijamente una imagen sagrada…no recuerdo de quien, y movía
sus labios. Rezaba. Mucha gente rezaba. Dicen que le ayudaban a “bien morir”.
Tenía 80 años. Aunque era una buena persona a muchos les pidió perdón. Esa es
una buena idea. Pero yo pienso que no se necesita estar a punto de morir para
ponerse en paz con la vida y con Dios. Perdonar y ser perdonado es bueno para
todos en cualquier momento. Nos ayuda a vivir en paz con los que nos rodean. A
estar bien con la gente. A un mejor mundo. A una mejor vida. A un mejor
descanso. Yo le digo a mi mamá que ya
les perdone a ellos todo lo que le hayan hecho sufrir. Ella dice que sí. Yo
creo que así es. Ella no se ve que sufra mucho por esos recuerdos.
Francisca era su nombre. Me
recuerda a aquella vieja que escapaba de la muerte por tener siempre algo que
hacer. “La pereza es la madre de todos los atrasos”, decía. Y se la pasaba de
acá para allá, todo el día trajinando. Ocupada. Esa fue una de las lecciones
más grandes que nos heredó. Hoy por hoy no se concibe una persona que pueda
existir sin tener una meta en mente, un objetivo que cumplir, una cosa que hacer,
un libro que leer, un recuerdo que escribir.
El calor se acentúa. Las
gallinas ya no hacen sombra. El sol quema. Cualquiera busca un refugio. Unos se
arrastran. Otros corren. Bajo un maguey, bajo un árbol, bajo un arbusto. Es
imprescindible. Agua. Dónde hay agua. En el pozo. Por estos rumbos no es fácil
encontrar agua. Un pequeño manantial nos brinda socorro. A veces como que se
seca. Dicen que las envidias provocan su desaparición. Son sentimientos feos.
Yo a veces siento envidia de los demás; muchos lo tienen todo. Nosotros no
tenemos nada…pero sueño.
Los sueños son el principio
de todo. Sueño que un día nada faltará en nuestra casa: ni la felicidad. Un día todo será mejor. La vida no
puede ser injusta. Si ya estamos aquí no puede ser para siempre sufrir.
Por fin el sol se ha metido.
Mi madre me llama a comer. Es el principio de todo. Por fin ellos se han ido y
la felicidad empieza a llegar. Por lo menos hay para comer. Me siento frente a
un taburete, en uno de los bancos que mi padre ha hecho. No hay mesa, pero hay
para comer. No hay silla…solo aquel entramado de tablas que el ingenio de mi
padre ha creado para sentarse. No es un trono, pero es cómodo. El sonríe, sabe
que en mi hay una esperanza. Quizá porque soy el más pequeño y cree en mi…pero
sobre todo cree en Dios. Ora. Es el principio de todo. Antes de que uno naciera
El estaba aquí. Por eso espera mucho más de la vida, porque trabaja con mucho
ahínco.
La vida empieza a ser mejor.
Yo digo que pronto será excelente.
Este cuento fue escrito por Marisol Padierna, Docente de Telesecundaria

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